“Cuando se muera Carlorios”

0
88

Por Adriana Zapién y Valente García de Quevedo

En esta ocasión Valente me cede los próximos tres jueves y hoy la columna de Visa para dos la escribo a manera de homenaje a mi abuela María Teresa Navarro, porque al momento de escribir estas líneas voy rumbo a la tierra que siempre quiso pisar.

Para que sepan por qué va dedicado a ella les contaré la historia.

Mi abuela Tere le contaba a sus hijas que su sueño era ir a Tierra Santa.

Mis tías y mamá, que era la menor y la última en casarse cuando éstas ya tenían sus familias, seguían escuchando de su madre el sueño de ir Jerusalén con la misma frase que venía repitiendo por años: “Cuando muera Carlorios (refiriéndose de cariño a mi abuelo) iré a Tierra Santa”, ya que mi abuelo, que era médico y hombre de hábitos, centraba su vida en su trabajo y su casa de campo donde sembraba árboles frutales, combinándola con la gran pasión de construir y por lo tanto el viajar no estaba en su lista de cosas.

Mi mamá me contaba que le decía a mi abuela que se fuera, que ya no esperara, que todos sus hijos estaban casados y por unos días de vacaciones que se tomara no pasaría nada, que dejara solo a mi abuelo.

Doña Tere contestaba que no se atrevería dejarlo solo pero cuando muriera “Carlorios” iría a Tierra Santa. Si quieren saber cómo terminó la historia les podría dejar en suspenso hasta la próxima entrega, pero con el paso de los días muchos adivinarían el final porque en realidad basta saber que nunca debes de quedarte con las ganas de nada. Doña Tere murió y Don Carlos le sobrevivió 10 años.

Yo escuché esa historia muchas veces de mi madre y sobre todo cuando se lamentaba que le prohibieron estudiar cuando ella hubiera querido ir a la universidad y recordaba esa historia de su mamá. Por eso me enseñó a cumplir sueños, perseguir metas, a desafiar a los que te quieren desanimar y a romper los patrones. Nunca te quedes con las ganas de nada, me decía, y nunca dejes de hacerlo porque no somos eternos.

Hoy arriba de un 747-400 de KLM, voy rumbo a Tel Aviv y llegando me trasladaré a Jerusalén y lo primero que haré al pisar esa Tierra Santa -peleada por siglos por ser considerada por las tres religiones más importantes del mundo como el lugar más cercano a Dios sobre la Tierra-, será enviar al cielo una oración por la abuelita Tere y disfrutaré ese viaje como disfruto todos, me llenaré de su historia, de sus colores, de su desierto, de sus religiones y de su misticismo.

La Jerusalén de los jebuseos, de los judíos; de los católicos (cristianos de Occidente); de los cristianos de Oriente y de los musulmanes. La conquistada 26 veces, le meta de muchos, el hogar de otros y la tierra prometida de unos más.

Solo les diré que no esperen a que se muera Carlorios, no esperen a ese algún día, no esperen a que sus hijos crezcan. Enfoquen y realicen lo que quieran pero no se excusen el retiro, en el ahorro o cuando tengan tantos y cuantos años. Se vive hoy y ese hoy es lo que cuenta.

Por hoy me despido y estaré contando cómo resolvimos nuestra llegada, ya que para nuestra suerte llegamos en el Shabat (séptimo día sagrado para los judíos), donde se paraliza la ciudad.