Contradicciones de la libre expresión

Por Daniel Salinas Basave

En el papel la libertad de expresión está garantizada en la ley suprema, pero en los hechos nunca como ahora había sido tan peligroso ejercerla. Si nos basamos en el antecedente de los 144 periodistas asesinados en México en lo que va del milenio, podemos concluir que decir la verdad puede salir muy caro. Esta cifra es propia de un país inmerso en un conflicto bélico. Solo naciones con largas guerras como Siria o Afganistán arrojan números similares. En teoría la ley garantiza y protege el pleno ejercicio de la libertad de expresión, pero la realidad es que al menos en México (y en no pocos países de Latinoamérica) la impunidad sienta sus reales cuando matan o intimidan a un comunicador. Las posibilidades de ser asesinado hoy en día como represalia por un artículo o reportaje son mucho más altas que en el Siglo XX.

La historia reciente dice que cuando un reportero es asesinado, la autoridad se apresura a tratar de demostrar que el crimen no fue cometido como represalia a su labor periodística y suelen atribuirle un móvil personal o pasional. La constante es que se presente al reportero asesinado como un personaje de costumbres disolutas y moral cuestionable. Cierto, la  libertad de expresión ha estado garantizada en México desde la Constitución de 1857, pero cabe preguntarse: ¿la hemos ejercido a plenitud? No lo creo. La realidad es que han sido minoría los periodistas o pensadores que han hecho de la libertad de expresión un modo de vida.

Durante buena parte del Siglo XX mexicano, la inmensa mayoría de los medios de comunicación se sintieron muy cómodos auto censurándose y renunciando a su derecho. La dictablanda del PRI no necesitó trabajar demasiado su maquinaria represora, pues los medios mexicanos parecían estar muy cómodos comiendo de la mano del presidente. Basta con remontarnos a la cobertura de acontecimientos como la matanza de Tlatelolco en 1968 o los oscuros episodios de la guerra sucia a principios de los años setenta.

Hoy, que en el papel tenemos decenas o cientos de medios de comunicación que ejercen en plenitud su derecho a la libertad de expresión y hoy que la transparencia gubernamental es una obligación incuestionable, la autocensura vuelve a sentar sus reales. La existencia de un poder alterno e ilegal como son las mafias crimen organizado, representa la mayor amenaza a la libertad de expresión en la historia de México.

A la par de esta amenaza, las reglas no escritas del gran ágora digital han puesto al periodista profesional en una situación comprometida. Tal vez no hay censores de la Secretaría de Gobernación secuestrando imprentas y encarcelando periodistas, pero sí hordas de bots o golpeadores cibernéticos profesionales que se dedican a intimidar, amenazar y ridiculizar a los periodistas libres. Los intolerantes tribunales de esa gran plaza pública llamada redes sociales, representan también una severa amenaza a la libertad de expresión. Si a ello sumamos la epidemia de noticias falsas y el indiscriminado manejo de posverdades o verdades alternativas por parte de altos funcionarios, la conclusión es que los comunicadores a menudo entramos en callejones sin salida.

Hoy más que nunca, cuando se dice que cada ciudadano con un teléfono inteligente en su mano es un potencial reportero, es cuando más necesario se vuelve enfatizar el compromiso ético de un periodista profesional y priorizar la defensa de su arma más poderosa que pese a todo y contra todo, sigue siendo la verdad.