Con la pena

Por Dianeth Pérez Arreola

Ver las Olimpiadas es como seguir una gira internacional de Peña Nieto; una se tapa los ojos con la mano, dejando solo una pequeña rendija por donde asomar un ojo, en espera de la primera pena ajena.

En el caso de los atletas, no por su desempeño, que ya bastante hacen con lograr calificar para unas competencias de ese nivel sin haber tenido el adecuado apoyo económico, material, moral, logístico y psicológico. No, la pena ajena es por la actuación de las autoridades deportivas, pues siempre hay errores que nos hacen quedar como un país bananero.

Esta vez además del ya clásico acto de los uniformes ausentes o defectuosos, el titular de la Conade, Alfredo Castillo, nos ha deleitado con unas declaraciones que confirman que en México no es necesario tener un buen currículo para ser funcionario de primer nivel, basta con tener buenos amigos.

Holanda ha enviado de regreso a uno de sus atletas más prometedores y con pase a la final; un gimnasta especialista en aros que se fue de fiesta, regresó a las seis de la mañana y faltó a un entrenamiento. Dijeron que su proceder dañaba la reputación de Holanda y lo subieron al primer avión disponible.

Eso deberíamos hacer con Castillo, quien dirige una agencia de viajes y de colocaciones, dañando enormemente el nombre de México ante los ojos del mundo y nos hace pasar pena ajena mientras pasamos de las imágenes con uniformes parchados a las del departamento de la primera dama en Miami.

Holanda cabe 50 veces en México y tiene solo 17 millones de habitantes, pero en Londres 2012 logró veinte medallas, en comparación con las siete de México, que está lleno de gente talentosa, pero también de gente incapaz en puestos clave.

En Holanda están decepcionados por las pocas medallas que han conseguido en Río, pero nadie cuestiona el apoyo y la capacidad de las autoridades deportivas hacia los atletas.

Los incidentes de esta semana en Holanda los han protagonizado un par de jinetes. La primera por abandonar la competencia al saber enfermo a su caballo, y el segundo por darle un fuetazo al caballo para desquitar su frustración al quedar lejos de los primeros lugares, lo que le costó además la descalificación.

El gimnasta que se fue de fiesta llevó su caso a la corte, pero los jueces ratificaron la decisión de haberlo dejado fuera por indisciplina. Era su sueño ir a las Olimpiadas, pues ya había superado con éxito campeonatos europeos y una recaída por uso de cocaína.

Cuando pensamos que Vázquez Raña era lo peor que pudo haberle pasado al deporte en México, llega Castillo y nos demuestra que la situación siempre puede empeorar.

Los mexicanos que logren una medalla tendrán mucho mérito, pues además de vencer a sus competidores, vienen de tener una lucha burocrática con las autoridades deportivas y en el caso de nuestra representante de gimnasia, hasta con los mismos mexicanos.

Hay que estar orgullosos de todos nuestros atletas, que dan lo mejor de sí, en condiciones que dejan mucho que desear. Lograr un nivel digno de participar en las Olimpiadas es hablar de personas extraordinarias.