Con hoja de cortesía  

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Por Ana Celia Pérez Jiménez

Dicen que era como yo, pero en verdad no la recuerdo mucho. Hay tantas cosas que he olvidado de ese periodo de mi vida, de esa joven y mujer que yo era; recuerdo lo que sentía, las cosas que eran comunes, las cosas que me faltaban y lo que mayormente me dominaba, pero una imagen exacta de mí no la tengo.

Hace muchos años de eso, hace mucho que no he querido escarbar hasta llegar a ese punto, no porque duela o bueno, no lo sé, tal vez me da miedo el aroma que pueda encontrar, el gran espacio que nunca supe llenar y únicamente con tierra lo fui todo a llenar. Con el tiempo recuerdo, con el tiempo llevo una colección de las versiones en las que me he visto, las que más me han gustado, las que hubiera preferido haber borrado, pero he tenido variaciones, me he expuesto a tantos caminos, a tantos cambios, a tantos peligros; he andado sola, muy sola y también he encontrado grandes compañías, malas compañías, compañías.

No puedo quejarme de un pasado ya hecho, de un dolor ya sentido, de acciones incompletas, ya nada puedo hacer allí, en un tiempo perdido, un tiempo que me pasó y yo le pase. No hay arrepentimiento, aunque algunas veces suene como que me detengo entre esas silabas, hay dolor en palabras, en composición y me brota, como todo lo que debe de salir y drenar. No nací ayer, pero nazco cada mañana y me permito cantarme Las mañanitas cuando así me apetece, cuando me siento contenta. Esta mujer que soy, siente y vive y con ello todo, está en derecho continuo de sentirlo y hacerlo, me es natural buscar la pregunta, no necesariamente para encontrar la respuesta. He andado mucho y solo mis huellas dactilares cuentan sobre ello, que dicen que han cambiado, que dicen que han cortado destino, que dicen que ya jamás con ellas me encontrarían.

Los reproches me llueven, como un día de marzo, yo los tomo, los leo, los observo, quiero saber de dónde vienen, de quién vienen y por dónde me fueron lanzados, si huelen a corazón, a hígado a páncreas o a heces. Me gusta indagar en el dolor ajeno, me reconozco en él, lo comprendo, pero ya no me lo quedo, porque ese efecto residual me estaba enfermando, en el alma, en la obligación, en la energía, en la impotencia de todo aquello que no me concierne, en todo aquel punto donde delimita mi persona y comienza el otro. Estoy coleccionando pedazos de lo que fui para contarme un poco más completa, no porque me falte un pedazo en mi presente, pero si estoy ignorando un gran pedazo de mi trayecto, no, no pienso repetirlo, pero sí, sí me es necesario saberlo, hacer nítido lo borroso, reconocer el camino, tachar algunos lugares en el mapa recorrido. Para ser precisa, me faltan cuatro capítulos, cuatro capítulos para dejar de encuadernar y ya de una vez empastar esta historia.