Cazar amaneceres en Loreto

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Por Daniel Salinas Basave

Este mar es hijo de una falla geológica y es profeta de un exilio. Del catastrófico vientre de la falla de San Andrés brotó este milagro y acaso su condición de axila o covacha marina sea temporal, pues tarde o temprano la península dirá adiós al continente, pero mientas eso sucede, el Mar Bermejo se dedicará a seducir almas como las nuestras.

Jacques Cousteau le llamó el acuario del planeta y se enamoró perdidamente de este golfo.  Ahora lo entendemos. También a los primeros navegantes que en el reino de estas islas se sintieron inmersos en un encantamiento. La giganta Calafia los sedujo. Empapados de Mar de Cortés estamos.

Nuestra península, como el dios  Jano, tiene un rostro dual. Península bicéfala, espíritu de Jekyll y Hide, bipolaridad bajo palabra. En el extremo Norte donde habito, me abraza un Pacífico rejego, bronco e insurrecto. Mar canijo, de congelantes revolcones, de cachetadas de guante helado. El moribundo Sol desparramado en las Islas Coronado oculta la esencia hostil de este litoral-caos. Tijuana me aporta mi dosis de catástrofe y revuelta, imprescindible para mantener el patinaje de mi cordura.

Pero de repente, las jugarretas de una aleatoriedad apostadora te llevan por 96 horas a la parte austral de esta franja- capricho emergida del océano y así, sin decir esta boca es mía, en una improbable tarde de julio abrazamos los amaneceres de julio mirando de frente el rostro calmo de Jano, donde el agua es caricia y la tarde es arrullo, peinando en bicicleta un malecón que se derrite en mi cabeza.

En mi vida diaria, las letras son tabla de salvación y droga irrenunciable, pues ya no me es dado vivir sin liberar palabras. Pero hay veces en que las letras fungen también como buen pretexto y un atardecer en Loreto bien vale el peregrinaje peninsular con las recién nacidas cartografías bajo el brazo. Esencia de improbabilidad, austeriana música del azar.

De pronto, imaginé las historias que habría escrito, los pensamientos que me habrían asaltado y las mil y un ideas mostrencas que danzarían sobre mi cabeza si las mañanas o los atardeceres de mi vida transcurrieran en la primera capital de las Californias, diluyéndome en la cara apacible de nuestra península. ¿Es el entorno quien siembra las semillas de nuestras ideas?

Lo cierto es que la parte Sur de la península se ha encargado de hacer germinar algunas fantasías. Amber Aravena, personaje recurrente e inagotable en mis historias, nació durante una caminata prófuga por una playa de Cabo San Lucas en octubre de 2002, cuando decidí escapar de mi responsabilidad en la cobertura del foro mundial de la APEC. En una solitaria playa en donde las aletas y los cuerpos de los cetáceos brotaban a cada momento, imaginé la historia de una mujer bipolar que bebe botellas de Casillero del Diablo mirando al Pacífico. Una mujer cuya cordura es una niña patinando sobre una delgadísima capa de hielo bajo la cual aguardan un abismal vacío o acaso un monstruo rojo al que le da por aparecer en las tazas del baño.

Imaginé también la historia del escocés Galaor Strachan, un aventurero de los mares que en 1822 llega a la península bajacaliforniana a bordo del bergantín Araucano con una pandilla de corsarios dispuesto a jurar la independencia de la provincia, solo para enamorarse perdidamente de una cabeña llamada Rita Pizarro. Ambos relatos los he incluido en las Cartografías absurdas de Daxdalia.

La furtiva cacería de amaneceres da lugar a estos hechizos. Salir cuando aún es noche cerrada y atrapar los vestigios de la madrugada moribunda, cuando una horda de pescadores se prepara para arrojarse al reino de las islas y los últimos vampiros de la juerga playera van a ocultarse con la luna en fuga. También en el Mar de Cortés tiende el Sol sus trampas y embrujos. También en esta cálida axila poblada por leviatanes y cetáceos mitológicos el hechizo habita al alba. Con esta magia hemos venido a fundirnos.

Ese tipo de historias y personajes lo toman a uno por asalto cuando pierde la mirada y los pensamientos en el horizonte. Quedan ustedes advertidos: estos amaneceres peninsulares son muy peligrosos.