Caminar Tijuana

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Por Daniel Salinas Basave

Caminar la ciudad. Tomarle el pulso y la temperatura con suelas errabundas. No soy afecto a reglas de oro ni mandamientos, pero cuando algún estudiante de periodismo o reportero joven me pide un consejo, mi primera recomendación es caminar mucho. Si quieres narrar tu ciudad debes caminar sus calles. No recorrerlas en carro, pues cuando pisas el acelerador tus sentidos van concentrados en el tráfico y la luz del semáforo. Hay mil y un historias e imágenes que te pasan desapercibidas cuando vas a bordo de un vehículo. Solo conoce una ciudad quien la camina y lo ideal es caminarla sin rumbo ni objetivo preciso.

La mañana del lunes volví a caminar Tijuana. Lo admito: le he perdido el pulso a mi ciudad. Le busqué la mirada y de pronto reparé en que no es la misma. No me pidas detalles o explicaciones concretas. La ciudad tiene otro espíritu, muy diferente al que reinaba en el cambio de milenio. Su esencia ya es otra.

Pensé de pronto en la teoría de las generaciones de Ortega y Gasset. Según el filósofo, los relevos generacionales se concretan cada quince años, justamente el tiempo que yo tengo en Tijuana. Los bebés que nacieron cuando yo comenzaba a trabajar en esta ciudad, en la primavera de 1999, hoy son mayores de edad que sin duda votaron por vez primera en la pasada elección y que están cumpliendo 20 años. Los que eran niños hoy son adultos jóvenes, muchos de los cuales sin duda están en posiciones de responsabilidad extrema o habrán encausado su camino existencial hacia algo trascedente.

Dos personas pueden caminar las mismas calles y mirarlas de forma muy distinta. Tijuana es contemplada e interpretada por la mirada de quien tuvo un proceso epistemológico primario muy diferente al de mi generación. No es necesario transformar la cartografía urbana para ir cambiado poco a poco la esencia de una ciudad. Tampoco me pregunten si es mejor o peor. Lo único que puedo decirles es que la ciudad y yo nos miramos de otra forma.

En Tijuana la Historia tiene apuro y corre en cámara rápida. La ciudad que se derrite en mi cabeza. Nuestra frontera es un tornado de historias, un ventarrón de vidas, una catarata de destinos bifurcando en mil y un ríos. Aquí suelen cruzar las más improbables veredas existenciales. Caminar y reportear en estas calles ha representado para mí una maestría y un doctorado en el arte de relatar. Miro a Tijuana y pienso que lo imposible sería no ceder a la tentación de narrarla una y otra vez. Creo que ninguna otra región me habría inspirado tanto. Violenta, caótica y rabiosa, nuestra ciudad suele lucir un vestido de contrastes.
La ciudad del puño cerrado y el colmillo filoso es también la madre proveedora y guardiana, la amante incendiaria y pasional, el cálido hogar disfrazado de hotel malamuertero. Casi todas las ficciones que he relatado han brotado de esta región. Es y será por siempre mi territorio narrativo.