Azul suicida

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Por Daniel Salinas Basave

Desde que empecé a reportear en Tijuana, hace exactamente 20 años, se hablaba con insistencia del inminente final del PAN como partido gobernante en Baja California. Cada elección que me tocaba cubrir los analistas hablaban de que ahora sí había llegado la hora fatal para los azules.

Recuerdo bien el 2001, cuando aún se vivían los efectos de la luna de miel foxista y el PAN logró un carro casi completo con Eugenio Elordyu a la cabeza. En aquel entonces los azules eran todopoderosos, pero apenas tres años después les dieron una sacudida cuando Jorge Hank Rhon arrebató Tijuana para el PRI después de cinco alcaldías panistas consecutivas. Se empezó entonces a hablar con insistencia de que ahora sí el PAN tenía sus días contados y que la elección de 2007 sería su tumba, pero contra todos los pronósticos, José Guadalupe Osuna Millán ganó la gubernatura en una cerradísima elección que se definió en el Tribunal Federal horas antes de la toma de posesión. Osuna fue un buen gobernador, pero enfrentó una tormenta perfecta de dimensiones colosales, como fue la gran recesión económica de 2008 y una epidemia de secuestros y asesinatos como nunca se había visto en Tijuana. El desgaste volvió a cobrar factura y los priistas les volvieron a  ganar las alcaldías en la elección intermedia de 2010.

Por si fuera poco, el sucesor natural de Osuna Millán, el secretario de Gobernación Francisco Blake Mora, murió trágicamente al caer su helicóptero en la mañana fatal del 11/11/11. Muerto el que sería su candidato de unidad, los panistas vieron de pronto salir precandidatos hasta debajo de las piedras. Todo mundo quería ser gobernador. Ahí estaban Héctor Osuna, Óscar Vega, Jorge Ramos, Óscar Arce, Cuauhtémoc Cardona y el eterno Kiko Vega. En semejante río revuelto, ganó el peor pescador posible. Jorge Ramos y Óscar Vega decidieron declinar y apoyar a Kiko, quien de ser un cadáver político que incluso coqueteaba con el PRD, se convirtió de pronto en el abanderado del panismo. Aun así, los apostadores políticos le daban nulas posibilidades, pues la alta popularidad del PRI, gracias al efecto Enrique Peña Nieto y el oficio político de su candidato, Fernando Castro Trenti parecían huesos muy duros de roer.

Contra todos los pronósticos (gracias, en gran medida al apoyo hankista) Kiko ganó la elección solo para consumar el sexenio más desafortunado desde que Baja California se erigió como entidad federativa. Aquí no hay relativismos ni medias tintas: Kiko Vega ha sido el peor gobernador en la historia de la entidad. Ello, sumado al efecto tsunami de Andrés Manuel López Obrador, hicieron ahora sí imposible el milagro para los azules.

Podría decir que ni Óscar Vega ni nadie habría podido evitar esta derrota, pero tal vez si hubieran podido motivar a que la gente saliera a votar habrían revertido las tendencias. Por desgracia, el escenario es el peor posible. El abstencionismo arrasó y una nueva fuerza política conformada en su mayoría por anacrónicos priistas se quedó con el magro pastel de votos. En mi mundo ideal me habría gustado ver nuevas caras, liderazgos jóvenes emanados de organizaciones civiles, de colegios de profesionistas, de universidades, abanderados del activismo ciudadano apartidista, pero lo que veo son muertos resucitados y un partido azul que no murió de muerte natural, pues cometió suicidio.

 

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