Antes que me cambie la hora

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Por Ana Celia Pérez Jiménez

Cuando todo cesa en la mente, cuando has comprendido a la soledad como el ambiente natural, se encienden Los cuentos de Hoffmann en tu cabeza, como para dar perspectiva y un tanto de sabor; sales a andar, andar por el mundo. El mundo que siempre invita, el mundo que habla en sintonía de pocos, en frecuencia de menos, el mundo que te deja poner pie en él cada mañana sin reprocharte nada, sin criticar el paso dudoso, el que no lleva destino, la falta de atención, el constante penar dentro, llevar los ojos vendados sin buscar una justicia.

Cruzar la calle te lleva a otra, pasar de página te lleva a otro capítulo, pasar así la vida, sencillamente solo te hace repetirlo todo; repetir lo que no entiendes, repetir aquello que no comprendes, repetirte a ti mismo, hasta que te canses de esa versión atemorizada de sentir, de sentir lo vivo, de sentir lo que le corresponde; aquel que no sale cuando llueve para no mojarse está desperdiciando la belleza, el aroma, el regalo. Y así es como a veces odio a la costumbre que a veces vivo en ella, porque en ella no me es necesario pensar, me mueven las masas, me mueven en moldes y yo descansando allí de no hacer nada.

Somos viajeros de calendario, sellos de pasaporte, miradas que se caen como cortinas viejas, al haberlo visto todo y ese todo te reconforta, porque conoces inmediatamente a su contraste, esa gran “nada”, la cual no tiene mirador, no tiene vuelo directo, pero ahí está siempre; delimitando todo, escuchándote titubear, adueñándose de esos pensamientos que no habitas, platicando con tu locura y jugándole al doctor, que te receta cinco días más de inmovilidad, creyendo que pareces, cuando solo estás confundido, de tanta contaminación que también ha llenado tu aura, tu oasis, tu persona.

He llegado tarde pero despierta de todo, no por exceso de café, por exceso de sentir, me llego todo de golpe y no puedo evadir o mentir. Reconozco los dos abismos, reconozco esto dentro, sé dónde no me llaman y sé cuándo gritan mi nombre, sé qué es mío y qué dejar ir. Habitante uno, dueña del compás que logran mis piernas cortas, tengo un navío, tengo el paladar lleno de otras especies y quiero seguir andando, sin aviso, sin permiso, sin necesidad de otro, sin espectador imaginario, sembrar palabras y vivir del fruto de ellas.

Es sublime cambiar el escenario, respirar profundo, ver el mundo en perspectiva y darte cuenta que siempre has vivido y nunca antes como siempre lo dudaste habías actuado.