Ante todos una impostora

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Por Ana Celia Pérez Jiménez

¿Qué resonancia existe entre mi corazón y mi cuerpo, qué palabras son aquellas que se repiten sin cesar al momento de caer dormida?, ¿qué rostro me volvería a la vida?, ¿qué memoria será la eterna? No soy yo quien me salvara, son mis no actos, la omisión de mis pensamientos, el vacío, el cerrar puertas y caminos, no soy yo la que nació para salvarse, yo nací para morir. Este es mi tercer destino y me he saltado algunas líneas, algunas paradas; es que me entretiene la vista por la ventana, el aparecer y desaparecer de montañas, nubes, personas, amores y sus promesas.

La vida no juega conmigo, creo que nunca nos presentaron propiamente y guarda cierto rencor hacia mi persona, me ha otorgado tanto y lo juro que sí, sería una ingrata si reprochara algo, pero quizá a veces lo hago, todos somos ingratos hasta con la propia madre. Es que en verdad entre más trato de sumar todas las partes de aquello que entiendo, que veo, que siento, no le encuentro cabeza o cola, a este gran total, a este tiempo que tengo, que sí me pertenece; no sé qué hacer, más que vivirlo, ejercer el verbo sin saber el destino y eso me pone un tanto triste y me hace sentir un tanto inepta, burda y tonta, ¡si soy cruel cuando no entiendo las cosas!

No, no soy justa, aunque me gusta tocar las cuerdas de esas notas, tener o tratar de tener un balance de eso que considero sensato y propio, pero hay días como los miércoles que me producen nada y en esos días soy el borde que no se toca, el fondo de la piscina que no se siente ni deteniendo en los pulmones el aire para zambullirte. Salgo de mi cama, de mi cuarto, de la casa y busco estar despierta y busco mi sonrisa por reflejo mínimo y no siempre la encuentro, me siento mal de querérmela imponer de tal forma y manera, manejo y manejo, pero no mi vida.

El trafico me ayuda a respirar cuando puedo navegarlo, cuando sin temor puedo pasar de un carril al otro, cuando la música es precisa, cuando el viento cruza por mis dos ventanas y me despeina poco sin abusar de mi fleco largo o mi peinado mal hecho. Me doy cuenta de noche que no he vivido nada, que estoy a la mitad y que no voy ni a media cocción, no sé de verdades y me jacto de las mías. En los días que soy hormonal me vuelvo amarga y también critico y saco mi dura tijera, esa que he probado que corta toda materia y después me refresco y me da la melancolía de una niña incongruente, de una mujer que no sabe de esa palabra, pero puede olerla desde lejos.

Mis bolsillos llenos, mis cajones con ropa que desborda, una lista deberes que ya no los siento míos, interrumpo mi parpadeo ocupado y me pongo a escribir porque ahí siento la vida, siento mi pulso, siento la noche, mis pastillas, el dolor, la sonrisa que mi boca no produce y el coraje de querer tragarme el mundo y el temor de no sentir y poderlo. Son las once de la noche me da sueño dejo mi libro a medias, pienso que mi cama da vueltas y ahí quedó dormida.